Ya sé que me repito, que he hecho referencia aquí hace unos días a los calores que padecemos en la capital del reino, pero no lo puedo evitar, el miedo a la autocombustión se hace más y más fuerte cada vez. Además, parece que todo el mundo ha decidido cogerse las vacaciones en julio este año, lo cual incrementa la sensación de abandono en este lugar de la geografía asfaltado y ardoroso.
Hace ya un año que no me da el sol en condiciones, que no piso la playa ni una triste piscina municipal; si sumamos esto a mi natural dificultad para el bronceado, auguro todo un verano de no quitarme este blanco lechoso que luzco (en realidad, llevo sin lograrlo desde qué abandoné las vacaciones escolares, con sus tres meses de playa, periodo mínimo necesario para que mi piel alcance un ligero dorado). Por eso, a todos los que os estáis bronceando o siesteando debajo de la sombrilla en estos precisos instantes en la playa o la piscina (sí, vosotros sabéis quiénes sois) os quiero decir una cosa: os odio. Dicho desde el cariño, eso sí, pero no deja de ser bien cierto. Estáis lejos, desperdigados por la costa peninsular e insular, pero aun así espero que os lleguen oleadas de este profundo sentimiento de rencor envidioso, pura envidia, que os dedico.
Y, cuando volváis, hablamos.
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El otro día me han recriminado que algo que conté en este blog no era del todo cierto. No dejaba de tener razón la persona que me lo echó en cara, pero yo también tengo razón al recurrir a cuantas licencias poéticas hagan falta. Así que, cuando digo que os odio, tomáoslo como lo que es. Las palabras de alguien que no tiene aire acondicionado en casa. Y que se va a pasar el fin de semana debajo del flexo.